¿Nunca se ha de decir lo que se siente?

Parafraseando una famosa epístola satírica de Quevedo, no he de callar, no se debe callar, por más que el miedo nos amenace. No soy un espíritu valiente de los que reclamaba Quevedo, pero ese puede ser perfectamente un objetivo a alcanzar. Por eso hago mío su desafío ¿Nunca se ha de decir lo que se siente?. La respuesta es olvidar el miedo y liberar el ingenio.

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Nombre: Gregorio Corral Torres

domingo, septiembre 20, 2009

Otra vez sobre la locura

"La lógica es una institución social y la que se llama loura una cosa completamente privada. Si pudieramos leer en las almas de los que nos rodean, veriamos que vivimos envueltos en un mundo de misterios tenebrosos, pero palpables."
Unamuno

sábado, septiembre 12, 2009

Sobre el tiempo y su productividad

Enganchado en una línea de código, mal humorado por que pasa el tiempo sin que vaya a compensar la pérdida. Nervioso cojo un libro:

“Durante el sueño bajan digeridas las ideas al fondo del olvido donde se hacen carne de nuestra alma… Lo que mejor sabemos es lo olvidado”
Unamuno

Este último minuto sí que ha sido tiempo aprovechado.

Un Cuenta conmigo emocionado

Sobre los que crean y los que se aprovechan de los creadores

"El que tiene almacén guarda su género con más celo que el que tiene fábrica, hay que guardar el agua del pozo, no la del manantial"

Niebla
Miguel de Unamuno

viernes, septiembre 04, 2009

Saber compartir las penas

"Cuando en adelate tuvo penas no las oculto, que dando el placer de que le consolaran recibió el de ser consolado. La verdadera abnegación no es guardarse las penas, es saberlas compartir."

Unamuno

jueves, septiembre 03, 2009

Entre la chica de ayer y una buena chica

Aunque parece que era mejor la de ayer.



Pejor con Errique:





miércoles, septiembre 02, 2009

De Madrid al Cielo.

Despertó con una sonrisa en la boca, no recordaba los sueños que había tenido, pero si que habían sido felices. Inmediatamente sintió la pesadez del día ya avanzado, las sábanas pegajosas, el ambiente cargado, olor a húmedo y sudor rancio. El cuerpo le pesaba, casi podía sentir la presión del aire sobre si. Quería darse la vuelta y reanudar su sureño fuese cual fuese. Pero ya había sido expulsado de ese reino, solo le quedaba realizar la travesía del día para poder recuperar ese momento. Se quedo mirando las humedades del techo mientras sus músculos parecían resistirse a hacerle caso. Sentía adolorida la espalda a la altura de los riñones, cansados ya de soportar la presión de su propio cuerpo sobre el colchón. El calor acumulado en la habitación le resultaba ya molesto y empezaba a sudar. Tenia que salir a tomar aire. No tenía ganas de oír voces ni de pelear por el baño así que aún con el sudor pegajoso en el cuerpo se puso unos calzoncillos limpios, los pantalones sucios de ayer, una camisa manga corta de flores grandes, unas sandalias y salio a la calle.

Atravesaba el oscuro corredor de salida de la casa a la calle. Un pasillo largo y fresco desde el principio del cual, se veía la claridad del exterior a través de la puerta de grandes cristales que cerraba el final del corredor, y una segunda de hierro que daba a la calle. Un agradable lugar de paso, pero nadie paraba allí. Y eso que hoy no había bolsas de basura ni olores desagradables. Nada más poner el primer pie en la calle se quedo cegado por multitud de reflejos metálicos. Por un momento se vio transportado a una de aquellas mañanas de verano, en su levante natal. Entonces, en casa de sus padres, al asomarse al balcón a media mañana, los reflejos del Sol sobre el Mediterráneo herían sus ojos hasta hacerle casi llorar. Pero faltaba la brisa salada del mar, el rumor de las olas, hasta el chapoteo de los bañistas y los chillidos de los niños jugueteando en la playa. Se paro en seco debido al golpe de calor recibido y el aturdimiento causado por el estruendo del tráfico de coches y autobuses que circulaba por la Calle Mayor. Los transeúntes pasaban apresuradamente golpeando el asfalto sin contemplaciones. “En esta ciudad todo el mundo va corriendo”, fue su pensamiento recurrente.

Empezaba a sudar otra vez, tenía la boca seca, pero sobretodo sentía la necesidad de un cigarro. Atravesó la calle sin demasiado cuidado. Apenas presto atención al claxon del coche que casi le atropella, y menos atención aún le prestó al enfurecido taxista que, desde el interior climatizado de su coche, parecía un pez globo dentro de su pecera. La cara redonda y roja por la ira. En los labios del taxista podía leerse claramente toda serie de improperios. Al alcanzar la acera contraria busco el refugio de la ridícula sombra de apenas metro y medio de ancho. Desde luego no sintió el alivio que se recibe cuando, después de atravesar la arena blanca y caliente de una playa, uno alcanza la humedad de la orilla. Muy al contrario, lo que recibió en la cara fue la bocanada de aire caliente de la salida de aire acondicionado de un local comercial.

Gotas de sudor brotaron de su frente y busco el tabaco en el bolsillo de su pantalón. Solo encontró un paquete arrugado y vacio. Tiro el paquete a una papelera y despreocupadamente siguió en dirección a la Plaza Mayor. Allí, en la plaza, se disfrutaba de mejores sombras, pero la gente, turistas en su mayoría, se escapaban del abrigo de los soportales y atravesaban la superficie adoquinada sin mucho respeto al sol. “Estos Giris van a terminar como camarones”, pensó mientras bordeaba la plaza por su lado derecho hacia el Arco de Cuchilleros, pero recorriendo el lateral que sigue paralelo a la Calle Mayor, y antes de llegar a Cuchilleros, salió de la plaza hacia la Cava de San Miguel. A su mano izquierda se encontró con la estructura de hierro y cristal de lo que antes fue el Mercado de San Miguel. Seguía conservando el nombre de mercado pero ahora era más bien un espacio de ocio para turistas y paseantes. Un escaparate al que ir a mostrarse. Una pescadería y una frutería era lo único que quedaba de los antiguos puestos. Ahora el espacio estaba ocupado por bares para tomar cervezas, vermuts, o vinos de nombre. Establecimientos de productos selectos, un puesto de ahumados, una panadería, ostras francesas, chocolates una librería. Se había sustituido el encanto de lo viejo, su pátina, también su vulgaridad, por la novedad de lo nuevo. Así que ahí estaba él.

Al entrar al mercado se acerco a la barra de uno de los bares que ocupaba la parte central, había un bar en cada uno de los dos lados de la planta rectangular del antiguo mercado. En el centro quedaban mesas altas y banquetas en donde la clientela se sentaba a degustar las bebidas o la comida que podía comprar en los diferentes establecimientos. Pidió una caña, mientras ya la saboreaba, se sentó en una banqueta mirando a la gente que pasaba. Un primer vistazo antes de que la camarera le sirviera la cerveza. Se bebió la caña prácticamente de un trago y pidió otra. Esta segunda la dejo reposando sobre la barra de mármol blanco mientras gorroneaba un cigarrillo. Se dirigió a una morena rotunda con risa fresca que fumaba a su lado. La chica estaba acompañada del que parecía su novio. – Hola, perdona, ¿tienes un cigarro?-, pregunto a la mujer mostrando una amplia sonrisa, sabiendo que el paquete de tabaco estaba sobre la barra e ignorando por completo la presencia del hombre. Por el rabillo del ojo observo como el hombre se ponía tenso y cambiaba de cara. Se regodeo de aquello mientras recibía el cigarro de manos de la mujer. Mostrando una sonrisa traviesa, y aún teniendo un mechero en el bolsillo, dijo - Gracias guapa, ¿me das fuego? –. La mujer respondió con una sonrisa fresca y limpia – Claro, toma –, él la recibió como un bálsamo, no había ninguna intención en su respuesta, pero su acompañante seguramente no lo percibió así. “el mamón se lo merece”, pensó para si mientras le daba otra vez las gracias a la mujer y volvía a ocupar su banqueta junto a su caña.

Una vez saciada temporalmente la sed de cerveza y de nicotina, se dedico a recrearse la vista con el desfile de faldas largas y cortas, blusas, escotes de geometrías varias y diferentes colores. Lo evidente le llamaba la atención, como a cualquiera, pero era un enamorado de los veraniegos vestidos de tirantes, vaporosos y livianos, que inducen a la duda. Aquellos con los que uno se pregunta si lo que se vislumbra realmente es la silueta femenina o simplemente el fruto del deseo de ver algo más de lo que realmente se ve. Un cuello elegante, soportado por la simetría de unos hombros delicados, y una bonita espalda al natural era su otro gran disfrute. Pidió otra cerveza, y siguió observando, esta vez se fijaba en las parejas. Intentaba imaginarse sus conversaciones. Identificaba a aquellas parejas guapas, que mantienen conversaciones intrascendentales mientras realmente están pendientes de si les miran o no. Uno y otro simulando que se escuchan mutuamente, mientras en realidad, cada uno está pendiente de lo que sucede a espaldas del otro. Pero en cambio, su atención se fijo en una pareja que hablaba sin pausa, sonriendo y mirándose a los ojos. De vez en cuando, uno u otro se sonrojaba, y el resto del mundo estaba aparte. Él también tuvo conversaciones de aquellas donde el tiempo no existe, horas completas hablando, pasando sin guión de una cosa a otra, aderezadas con picardías e intimidades solo compartidas por ambos. Pero ya no miraba a aquella pareja y las sonrisas desaparecieron. También estaban las decepciones, las lágrimas y las palabras amargas, de esas también habían tenido.

El no se consideraba un hombre espiritual, más bien era un escéptico cada vez más cínico. Pero sí tenía la certeza de que las personas no somos solo almacenes de recuerdos. Al principio de nuestra existencia disponemos de un pequeño recipiente de plata en el que contener recuerdos livianos, en su mayoría alegres. Un periodo en el que cada uno tiene y proyecta la mejor imagen de sí mismo. Pero a lo largo de la vida, lo que hacemos durante su transcurso, va quedando marcado por dentro y por fuera. Como unas lágrimas provocadas en una persona querida. Lágrimas provocadas por la acción de nuestro egoísmo, cobardía o inconsciencia. Lágrima que corroen, como ácido, la superficie plateada dejando al descubierto su verdadera naturaleza de latón. O el abollón producido por el golpe violento de unas palabras duras. – Eres un Cabrón y un mierda -. Susurro para si. “Demasiado trascendental para un cínico”, pensó mientras volvía a sentir sequedad en la boca. Pidió un vino blanco por que ya estaba cansado de la cerveza. Prácticamente se tomo la copa de un trago, pago con un billete arrugado, espero lo justo para recoger las pocas monedas de vuelta y salió mal humorado de San Miguel.

Siguió paseando calle abajo por la Cava de San Miguel hasta llegar al Arco de Cuchilleros, allí estaba el tío del trabuco disfrazado de bandolero para los turistas. Se le vino a la cabeza nada menos que, la escena de un cuadro de Goya, la carga de los Mamelucos. Hacía algún tiempo había entrado en un cine a ver una película, algo sobre el Dos de Mayo. Es curioso que no recordase como ni porque había entrado a la sala de cine. Tenía lapsus de memoria cada vez más preocupantes. Verdaderamente la bebida ayuda a olvidar. Pero como si fuera una maldición mitológica, olvidas lo que quieres recordar y sigues recordando lo que te gustaría olvidar. El caso es que seguramente se metió en el cine para esconderse un rato a la sombra o por sentirse acompañado. Dos horas sin poder fumar ni tomar una triste caña. Se hubiera quedado dormido si no hubiera sido porque tres cuartos de la acción de la película se desarrollaba en aquel rincón de Madrid. Se paso un buen rato intrigado, intentado determinar si era un decorado o la calle Cuchilleros realmente. Finalmente el sentido común, y el poco raciocinio que le quedaba, le hicieron ver que no podía ser más que una recreación del sitio, un decorado.

De Cuchilleros a Puerta Cerrada. Cruzo la calle nuevamente sin prestar atención a los coches, para terminar asomándose a la Cava Baja. Subió la calle sin pausa hasta llegar al estanco que estaba buscado, y entro a comprar tabaco. Al salir continuo calle arriba, a paso relajado, envuelto en el humo del cigarrillo que acababa de encenderse. Así llego tranquilamente hasta la Plaza de la Cebada en el preciso momento en que una ráfaga de viento, que llegaba por la Carrera de San Francisco, se llevo la nube de humo que le rodeaba. Tiro la colilla al suelo, y cruzo la calle para llegar a la sombra proyectada por el Mercado de la Cebada. Bordeo la pared del mercado hasta llegar a la puerta principal, donde la gitana de turno ofrecía ramitas de olivo por la voluntad, lecturas de las manos de cualquier transeúnte incauto o, en su defecto, una maldición. Tras cruzar las puertas de aluminio y cristal grueso, percibió el olor a mercado, a mercado de verdad. La disposición de los puestos no seguía una distribución temática, aunque la mayoría de los de verduras y frutas se encontraban en la planta de abajo. El olor a verdura era el predomínate, dándole al lugar un aire fresco. La vida la daban, entre otros personajes, las señoras con sus carritos de dos ruedas, señores maduros ojeando los puestos y jóvenes con gafas de pasta aspirantes a bohemios.

Subió las escaleras de su izquierda hasta la planta superior y pasando por delante del abanico de tonalidades rojas del expositor de una carnicería, llego hasta una pescadería que hacia esquina. Una figura grande y regordeta se movía entre especímenes marinos de todas clases, colores y tamaños. – Como está usted Don Francisco – le dijo el pescadero con una sonrisa. – Buenas Don Abelino -, respondió Francisco, - pues ya ve, pasando calor- . En estas Don Abelino, agarro una merluza de dos kilos por las cuencas de los ojos, la coloco sobre la tabla de cortar, y en menos de un minuto la había limpiado y troceado hábilmente. Abelino manejaba, en su mano derecha, una enorme hacha de pescadero como si fuera una prolongación de sí mismo. – Aquí tiene señora -, dijo Don Abelino entregándole la mercancía a la clienta y cobrando en género. Mientras limpiaba la tabla de cortar con el hacha y agua, Francisco reanudo la conversación – Y bien Don Abelino, ¿Cómo es que no está en el pueblo ya?- . Don Abelino dejo el hacha sobre la tabla y mientras se secaba las manos con el mandil dijo – La semana que viene me voy a Astorga -. - ¡¡Hombre!!, un pescadero Leonés -, exclamo Francisco. – Claro que si hombre – contesto Abelino orgulloso, - ¿No sabías que, hasta no hace mucho, la mayoría de los pescaderos de Madrid éramos Maragatos?, si hombre si -. – No lo sabía, no – respondió Francisco. – Bueno, Don Francisco ¿Qué va a querer?, tengo unas lubinas hermosísimas -, le pregunto Abelino. Francisco hecho una mirada al género como si lo estuviera considerando y contesto – Gracias Abelino, mejor lo dejo para la próxima vez.-. Hacía algún tiempo que no podía permitirse incluir lubinas en su menú, - Bueno, sigo camino, hasta la vista -. Abelino, tomando el hacha otra vez en su mano, y mostrando una sonrisa bonachona se despidió de Francisco – Hasta la próxima Don Francisco -.

Francisco siguió paseando por el mercado, curioseando entre los puestos, observando a los tenderos, sus ademanes, sus frases. Volvía a tener sed y un poco de hambre, así que bajando una de las escaleras llego a una pequeña puerta trasera saliendo del mercado hacia la Calle del Humilladero, bajo por Lucientes para llegar a Tabernillas. Tiro a la derecha y en frente de él se encontró la taberna que buscaba. Al entrar saludo a Javi, el dueño, un hombretón alto, grande, con la cara sudorosa y risa atronadora. Se sentó en la barra y pidió lo de siempre, una ración de bacalao a la portuguesa. Para beber, vino blanco de Rueda. El tabernero sacó la botella de una cámara, le sirvió y dejándola sobre la barra, le dijo familiarmente – Toma, sírvete cuanto quieras-, después de lo cual volvió a atender al resto de clientes. Después de media hora larga, consiguió acabar con dificultad con el bacalao, más fácil le resulto terminar con los tres cuartos de la botella de vino que le habían dejado sobre la barra. Pago con uno de sus últimos billetes, se despidió y salió a la calle. Sintió otra vez el sofoco del calor, esta vez aderezado con la somnolencia producida por la comida y el vino. Se encendió un cigarrillo mientras pensaba trabajosamente a donde se dirigiría y que haría. La verdad es que no tenía nada que hacer, nadie le esperaba. Sintió una sensación de vacío seguida de una gran congoja, y un nudo en la garganta. Pensó en volver a entrar para entablar conversación con Javi, el tabernero, pero le vio atareado sirviendo mesas.

Bajó callejeando hasta llegar en frente de la Basílica de San Francisco el Grande. Estaba seguro de no haber entrado hace años en una iglesia, habría sido por compromiso, no recordaba. “Seguro que se está fresco”, pensó para sí a modo de justificación mientras tiraba la colilla del cigarrillo al suelo. Justo antes de traspasar el umbral de la puerta principal, percibió en la cara una suave brisa que salía del interior de la basílica. Al traspasar la puerta sus ojos se adecuaron con agrado a la luz menos intensa del interior. No siendo hora de misa, el lugar estaba prácticamente vacío, salvo por alguna que otra pareja de turistas y un par de señoras de pelo cano y mantilla, sentadas en los bancos de la derecha. Avanzo por el lateral izquierdo eludiendo respetuosamente el pasillo central y la confrontación directa con el sagrario. Aún hoy, después de todo lo que había vivido, mantenía ciertos hábitos cuando entraba en una iglesia, cierto pudor reverencial. Llego hasta colocarse debajo de la amplia cúpula de la basílica y se sentó en uno de los bancos. Estiro las piernas por encima de la tabla de madera habilitada como reclinatorio y se echo hacia atrás estirando los brazos sobre el respaldo del banco. Su mirada recorrió lentamente los murales que adornaban las paredes del fondo de la Capilla Mayor, ascendió hasta el techo de la capilla y finamente su cabeza se venció hacia atrás para quedarse observando los haces de luz que atravesaban las vidrieras de la gran cúpula de la basílica. Cerró los ojos recogiendo así la tranquilidad del lugar. Pasaron unos segundos hasta que sus nervios ópticos dejaron de mandar el recuerdo de las últimas luces que habían percibido sus ojos y llegase la fresca oscuridad. Pasados unos minutos, fue su cerebro el que empezó a generar imágenes, su sosiego no duró demasiado, y es que uno, al final, no recibe más que lo que lleva consigo. Se reincorporo hacia delante apoyando los codos sobre las rodillas, sosteniendo su cabeza con ambas manos y apretando fuerte las yemas de sus dedos sobre su cabello. Ahogo un grito en su garganta y espero a que el momento pasase. Salió de sí mismo para percibir de nuevo la tranquilidad del lugar y respirar hondo. Pensó en rezar un padre nuestro pero de repente le pareció hipócrita por su parte, así que se levanto sin hacer ruido y salió.

Sin saber cuánto tiempo había pasado dentro de la basílica, descendió por la pequeña calle adoquinada de su izquierda hasta llegar a las Vistilla. El Sol ya no pegaba tan fuerte pero se seguía notando el calor ascendiendo desde el asfalto. Nada más entrar en la zona ajardinada noto el alivio del calor, busco un sitio lo más alejado de cualquier persona y se hecho sin reparos sobre el césped. De espaldas, recostado sobre la pendiente y apoyado sobre los codos, disfruto por tiempo indeterminado de las vistas. A su derecha, parcheado desde hace años en metacrilato con el fín de hacérselo pensar dos veces a los suicidas, los más de treinta metros del viaducto sobre la Calle Segovia. A continuación, la Catedral de la Almudena, que siempre le pareció una catedral un poco huérfana. Detrás, la vivienda vacía más grande de la capital el Palacio Real, sin sus reales inquilinos por estas cosas de España. Y frente así, la vega del Manzanares, vega de huertas durante el Siglo de Oro, y ahora, el dibujo de una mancha verde, la Casa de Campo, acechada por pisos en todos sus flancos. Tenía reservadas más ironías para esta ciudad que ya era la suya y que incomprensiblemente no cambiaría por otra, pero su cerebro se desconecto. Se reclino sobre su brazo izquierdo y se quedo dormido.

Unos chillidos y risas estridentes lo despertaron. No había tenido realmente la sensación de haber dormido, sentía el cuerpo adolorido y destemplado. El estruendo provenía de un banco cercano donde un grupo de chavales hacían botellón. Tenían pinta de haber pasado ya de los veinte. Ellas, combinación de colores imposibles, enseñando ombligo y michelin, minifaldas, piernas regordetas y sandalias de colores chillones, a juego, eso debían de pensar ellas con bolsos igualmente faltos de originalidad. La antítesis de la elegancia. Por otro lado, ellos, uniformados de macarras, aspirantes a profesionales del no pegar golpe, futbolistas, o estrellas de reality de televisión. Pelo engominado, camisas negras, cadenas, anillos. Pero lo peor eran esas insoportables voces chillonas, a todas luces fuera de tono. Tanto la forma como el contenido. Rompían la relativa paz de aquel sitio y hablaban como si todo el parque les tuviese que escuchar. Francisco se reincorporo mal humorado, sentándose sobre el césped. Mientras se encendía un cigarro observo que las manos le temblaban “me he quedado destemplado”, pensó.

Por el parque paseaba una pareja de señores mayores. Aún a su edad mantenían una elegancia natural, la dignidad de los que parecen haberse conducido siempre por la vida siguiendo una serie de principios. Contrastaban con la vulgaridad de aquellos chicos. El hombre, de cara severa, les dijo algo a los chinos que Francisco no alcanzo a escuchar. Se imagino que les estaría recriminando por el escándalo o por tirar las botellas por el suelo. Lo que llego a escuchar fue la respuesta del que parecía el cabecilla, - Anda viejo vete a dormir que ya te toca -. El señor indignado, hizo el ademan de encararse con el chico, pero su mujer le tiro del brazo para alejarlo. Mientras se marchaban los ancianos, los chicos del banco coreaban a su líder con risotadas exageradas, a lo cual este, en voz más alta se regodeaba diciendo, - ¿No dice el viejo que recojamos las botellas?, que lo recojan los putos barrenderos, que para eso están, ja ja ja -. Verdaderamente aquello le enervó, así que apago el cigarrillo, se levanto de un salto, y se dirigió hacia el banco. – ¡¡He!! Chaval ¿por qué no bajas un poquito la voz?, a nadie le interesan tus tonterías -. El chaval se dio la vuelta encarando a Francisco. Envalentonado aún por el coro desafinado de sus acólitos. Con una sorprendente osadía, en vez de mantener la distancia con su desconocido, el chaval recorrió el metro y medio que les separaba. Levantando la mano izquierda con la palma abierta y sacando pecho, se acercó a Francisco a chillarle. Aunque con la mano en alto y todo, apenas llegaba a su. - Mira tío, lárgate de aquí o veras lo que te cuento -. Francisco se sorprendió del descaro del chaval, pero sentir tan cerca el aliento y sobretodo la voz desagradable de aquel niñato le genero una oleada de profunda incomodidad. En una reacción casi instintiva, ante la invasión de su propio espacio, Francisco se encaro con el insolente, y utilizando los brazos para recuperar el espacio, le chillo a la cara al chaval - ¿Que me vas a contar?-. A partir de este momento todo sucedió muy deprisa. El chaval, mientras era desplazado hacia atrás, lanzo una patada a Francisco dirigida a su entrepierna. Este reacciono sin pensarlo, antes de que la patada llegara a golpearle, agarro la pierna elevada del chaval con ambas manos, para a continuación, levantarla a la altura de su pecho, con lo que el chaval perdió el equilibrio y cayó de espaldas hacia atrás sobre el suelo. Francisco se quedo tenso, en estado de alerta mientras observaba fijamente la cara de sorpresa del caído. El estallido de violencia se hubiera quedado en este punto si no hubiera sino porque la horda se hecho sobre Francisco. Entre la oleada de golpes que empezó a recibir, sobre todo le aturdían los chillidos agudos de las chicas que también habían saltado sobre él - Hijo de puta, Cabron … -. Los puñetazos, manotazos y bolsazos, no tenían mucha precisión, era un estallido incontrolado de violencia, una reacción animal, una jauría. Los golpes iban dirigidos a su cabeza. Francisco solo estaba pendiente de cubrirse la cara con los antebrazos y de no perder el equilibrio. Pensando que si caía al suelo, no tendrían reparo en patearle la cabeza. Con la cara cubierta no podía localizar un objetivo, pero si lanzaba un golpe a lo loco podía alcanzar a alguna de las pequeñas arpías y buscarse un buen lio. Aún en esta situación, no se le paso otra cosa por la cabeza otra cosa que la imagen tan ridícula que se debía de ver desde fuera, todo un hombretón como el pateado por una panda de niñatos. En este momento llego la caballería, un ciclomotor prácticamente se llevo por delante a uno de los animales de la jauría. Precisamente al macho alfa de la manada, que después de recuperarse del shock de haber sido derribado, se había levantado y unido a los que daban golpes a la piñata que era Francisco. Detrás del primer ciclomotor llego un segundo municipal, una mujer policía que agarro a Francisco y lo separo del barullo de chavales. Estos, ante la llegada de los municipales habían dejado de golpearlo. – Vamos a dejarlo aquí caballero -, dijo la policía con voz autoritaria dando punto y final a la pelea. La voz firme y templada de la policía la sintió como un bálsamo para los oídos después de la tortura de los chillidos de las arpías. – ¿Está usted bien?, ¿tiene alguna lesión?-, pregunto la policía siguiendo algún tipo de manual. En la excitación del momento, Francisco no había prestado atención a los golpes. En lo primero en que reparo fue en una palpitación en la sien. Se palpo la cara y noto un dolor en pómulo. Había recibido un golpe en la nariz por la que había sangrado algo, manchándole la camisa que ahora tenía un estampado más. La policía le tomo los datos y una declaración sobre lo que había sucedido. En esto había llegado una segunda pareja de policías municipales que ahora estaban tomando declaración a los chavales. Cuando termino de contar su versión de lo sucedido, la policía le dijo, - puede ir a su médico, y si quiere, poner una denuncia -. Francisco, palpándose la nariz, se quedo pensando unos segundos y dijo - ¿denuncia?, si bueno, ya lo pensare, gracias-. Mientras se alejaba, observo cómo los policías seguían con los chavales. Libretas en mano, les tomaban los datos y se dedicaban a multarles por hacer botellón en la calle. La cosa tenía cierta justicia poética.

Cruzaba el viaducto mientras se fumaba un cigarrillo, observaba los paneles de metacrilato anti suicidas, y pensaba “mira que hay que tener ganas de tirarse por aquí”. Se le paso por la cabeza que el suicidio es el último acto egoísta. Se sentía apaleado, más que en lo físico, en el espíritu. Tenía la boca seca, muy seca. Desde la Plaza de Oriente, subió hasta Opera. Desde allí callejeando encontró una tienda de chinos donde se compro una lata de cerveza fresca. Llegó hasta la Plaza de Santo Domingo, donde antes había un aparcamiento público, ahora había un parque asentado sobre varias terrazas y escaleras para salvar el desnivel del terreno. Estaba anocheciendo y se sentó en uno de los bancos nuevos. Todo el parque era nuevo y esto le hacía sentirse mejor. Realmente se sentía tan usado ya. Un “renacuajo” correteaba a unos metros, andaba tropezándose, apenas habría aprendido a andar hacia unas pocas semanas y se aceleraba como queriendo dejar detrás esa mano invisible que le suele tirar. El padre anda apresuradamente detrás del niño, con el corazón en un puño, le dice; - Juan no corras-. Francisco mira al niño que se le acerca, un recuerdo cálido parece asomárse entre las brumas de sus pensamientos. Entonces, acompañada con su mejor sonrisa, busca la mirada cómplice del padre. Se sobrecoge al ver la transformación, la tierna mirada del padre se torna dura, una mezcla de miedo, asco, y desprecio. El padre grita: - Juan por allí no, ven-. Es ese tono tribal que indica al cachorro la presencia de un peligro. El niño se vuelve y se acerca a su padre, se aleja de Francisco. “El niño no me tiene miedo”, se dice reafirmando que, al menos a los ojos de un niño, sigue siendo una persona de confianza. A su lado una lata de cerveza ya caliente, toma un trago, deja la lata y se agarra con las dos manos al banco. Se agarra fuerte, se balancea de adelante a atrás una y otra vez. Tiene la esperanza de hacerse lo suficientemente ligero como para salir volando hacia la luna llena. Cierra los ojos, quizás para rezar. Una brisa fresca le trae esperanzas, recuerdos de las playas que no tiene Madrid. Los abre para descubrir que sigue allí. Apura su cerveza caliente, y se dice: “necesito más combustible para despegar, de Madrid al cielo, ¿no es eso lo que suelen decir?”.

viernes, agosto 21, 2009

El lunático es la persona perfecta.

"O de los que creen vivir despiertos, ignorando que sólo está de veras despierto el que tiene conciencia de estar soñando, como solo está de veras cuerdo el que tiene conciencia de su locura"
Niebla
Miguel de Unamuno.

Para mi que yo soy más loco que soñador, aunque no llego al grado de lunático ;-)

martes, agosto 04, 2009

La curiosa relatividad del tiempo en Cambados.

Hay un hecho físico curioso que se produce todos los años, se experimenta el primer fin de semana de Agosto, y se localiza en la población Gallega de Cambados. El hecho es que el tiempo pasa especialmente rápido. Será la influencia de la ría, la fiesta, o las amenas conversaciones que transcurren por caminos insospechados alrededor de una, dos y tres, incontables botellas de Albariño.

Este pasado fin de semana acudimos un año más a la Fiesta del Albariño en Cambados, ya en su edición número 57. Como en citas anteriores, el epicentro de la fiesta se situó en el Paseo de la Calzada, o A Calzada, a lo largo de la cual se situaron las 43 bodegas repartidas entre los 40 stands habilitados para la venta de Albariño. Lugar que alcanza su máximo punto de ebullición en las horas crepusculares de la tarde. El paseo aparece entonces abarrotado de jóvenes eufóricos, en ocasiones, “uniformados” con las camisetas de las diferentes peñas, diseñadas con más o menos acierto como parte de otro más de los concursos organizados en el marco de las fiestas.

Círculos de familiares y amigos se reúnen en torno a las botellas de Albariño, botellas que terminan huérfanas y acumulándose vacías sobre las mesas del paseo, formando un interesante cuadro de colores. Albariños, en su mayor parte del 2008, en los que se nota también su juventud, quizás la premura por estar embotellados para la fiesta. Aromas minerales, salinos, algo de flores blancas y cítricos. Aún no afloran aromas frutales, para lo que quizás, aún el vino necesite algo de reposo en botella. Al anochecer, las luces de los stads iluminan las caras felices de los visitantes y ya no importa que alguna nube poco considerada descargue generosamente su agua sobre la concurrencia. A esas alturas el tiempo ya no importa, el atmosférico tampoco, y el personal hace por adecuarse debajo de los toldos de las casetas, acercándose entre si aún más.

Mientras la fiesta transcurre en el paseo, en el Hotel Parador de Cambados, el antiguo Pazo de Bazán del siglo XVII, se celebra la XXI Edición Cata - Concurso “Rías Baixas-Albariño”. En estta edición del concurso participaron más de 63 marcas. De las cuales sólo tres terminarían por ser galardonadas como los mejores Rías Baixas-Albariño de la cosecha 2008. La Cata Concurso, organizada con Consejo Regulador de la D.O. Rías Baixas, fue realizada por 20 expertos. El grupo de catadores lo formaron tanto, miembros del panel de cata del Consejo como expertos externos de prestigio. Entre los catadores externos se encontraron Bartolomé Sánchez, director del grupo Opus Wine; Carlos Maribona, colaborador de gastronomía del periódico ABC, o Cristino Álvarez, periodista en la Agencia Efe; entre otros. Seguramente todos deseosos de sumarse a la fiesta del vino que se vivía fuera del parador.

Los resultados del concurso se hicieron públicos el domingo, como colofón a la comida oficial que se celebra todos los años. El vino ganador fue Lagar de Costa, que se elabora en Castrelo la bodega de Dolores Fontán Limeres. La medalla de plata recayó en Pazo Pondal, de Arbo en la subzona de O Condado, y el tercer premio fue para Señorío de Rubiós, de As Neves, tambien de la subzona de O Condado, la cual fue la bodega ganadora el año pasado. Al terminar la fiesta solo nos quedo recoger y realizar el largo camino de regreso a casa. Durante el cual el tiempo se hace eterno, pero esto ya no es un misterio.

Más sobre vino en Disfrutar El Vino

¿Dónde vas Félix?

La cabeza baja, y un mechón de pelo castaño sobre la cara. Así iba Félix por la calle del pueblo, distraído y sumergido en sus cosas como de costumbre. Instintivamente buscaba el resguardo de toda sombra disponible, y es que a principios de Septiembre el Sol de La Mancha todavía es inmisericorde. Los días empezaban a ser más cortos pero el Sol seguía calentado con fuerza, de modo que las paredes encaladas de las casas y sobre todo las aceras de cemento gris, radiaban parte del calor acumulado durante todo el día.

En la plaza rectangular, algunos de los mayores del pueblo aguardaban sentados a la sombra de los soportales de uno de los laterales donde, de vez en cuando, corría algo de brisa. Camisas blancas, pantalones grises, zapatos negros o sandalias de esparto. Los más con gorra. Las manos callosas y grandes sobre las rodillas, la tez morena, casi quemada por el Sol y surcada de profundas arrugas. Algunos, fumaban pausadamente, cigarros negros sin filtro que sujetaban entre dedos amarillentos, más pausadamente, todos conversaban.

En otro de los laterales de la plaza una cuadrilla de chicos empezaban a reunirse en el bar. Según iban llegando se perdían en la fresca oscuridad de la taberna y al poco salían con un botellín de cerveza en la mano para reunirse con los demás. Entre ellos destacaba la figura grande de Rafa, casi metro noventa de humanidad, espaldas grandes, cara amable y mofletuda, apenas le daba tiempo a apartarse el sudor de la frente y poseía una risotada potente y contagiosa. Precisamente Rafa estaba en medio de una de sus risotadas cuando vio a su amigo pasar con las manos en los bolsillos por el otro extremo de la plaza. Con una discreta sonrisa se guardo sus pensamientos para sí y se disponía a seguir sus bromas con los demás cuando el Negro grito – Hey Félix, ¿Dónde vas? -. El chaval no es que fuera negro pero como suele pasar en los pueblos, al que es un poco más moreno de tez de lo normal le plantan el mote. – Félix – volvió a gritar el Negro. Félix continuo andando sin alterar el paso y sin dar muestras de haberse dado por aludido. – déjalo Negro – dijo Rafa con su voz pesada. Dirigiéndose a Rafa, el Negro dijo - ¿esta tonto tu amigo? ¿Dónde va a estas horas?-. El Negro no era mal tipo pero todo el mundo sabía que era un poco bocazas. - A ti no te importa -, sentencio Rafa con una mirada que no dejaba lugar a réplicas. el Negro, haciendo gestos de tener la boca seca, sin decir nada más, entro en la taberna para pedir otro botellín. Rafa se quedo mirando un momento a su amigo Félix mientras terminaba de desaparecer de su vista por el otro extremo de la plaza.

Conociendo a su amigo, Rafa tenía cierta idea de a donde se dirigía Félix. Rafa trabajaba de bodeguero, de hecho los dos trabajaban para la misma bodega, aunque su amigo se pasaba casi todo el tiempo en el campo, en las viñas. Rafa sabía de buena fuente que a Félix le habían ofrecido el puesto antes que a él, pero Félix prefirió seguir como técnico de campo, cuidando las viñas. Si, sabiendo lo que se avecinaba para mañana, tenía cierta idea de a donde se dirigía su amigo. El sudor, que se le había vuelto a acumular en la frente, le saco de sus pensamientos, después de quitarse la humedad de la cara con la mano, grito en tono socarrón – Negro, acércame otro botellín, y a ver si no eres tan bocazas -, desde el interior de la fresca caverna que era el interior de la taberna se escucho la voz enrabietada del Negro, pero enseguida fue engullida por la carcajada atronadora de Rafa.

Félix siguió la carretera que salía del pueblo, el asfalto aún caliente desprendía cierto olor a alquitrán, aunque esporádicas ráfagas de viento traían del monte otros aromas cálidos más agradables, aromas a tomillos, espartos, y tierra reseca, o el recuerdo del olor a pedernal, como cuando se tira una roca contra otra y salen chispas. Ese olor mineral producido por la roca achicharrada por el Sol de todo un día. La siguiente ráfaga de viento también trajo el olor acre, siempre inquietante, del cuerpo de algún animal en descomposición, seguramente atropellado por un coche y tirado en la cuneta.

Llevaba las manos en los bolsillos mientras jugueteaba con el trinchete, una pequeña navaja de vendimia con la hoja curva, que siempre llevaba encima. Se asemejaba a la pequeña hoz, que en ocasiones, le había visto llevar a su abuelo colgada del cinto. Aquella de su abuelo, algo más grande, con el mango fijo, pero con la mista curvatura de media luna de la hoja. La verdad es que siempre llevaba la navaja. Entre esta y el manojo de llaves que también solía llevar consigo, a menudo se le hacían agujeros en los bolsillos, que descubría al notar como las monedas acababan cayendo en cascada por alguna de las perneras de sus pantalones. En una ocasión paso un apuro por que al atravesar el arco de seguridad del aeropuerto un pitido agudo le recordó que no había dejado en casa la navaja. Leti, con quien estaba ennoviado entonces, preocupada siempre por el que dirán, se le quedo mirando con cara mezcla de vergüenza y de enfado que no se le quito durante toda su estancia en México. Todo un temperamento la Leti. Aquel año, a principios de Mayo, había llegado Leti tirando dos billetes de avión sobre la mesa y diciendo – Nos vamos a la Riviera Maya -. Entonces Félix tuvo un pensamiento inconsciente y un tanto absurdo, “La Riviera Maya, la Riviera Maya, ¿qué hago yo en la Riviera Maya?, pero si ni siquiera me gusta el Tequila.”

El viaje no resulto del todo mal, se pasaron una semana encerrados en el hotel porque su estancia coincidió con el paso de un huracán. Entablo amistad con el sumiller del hotel, que defendió las excelencias de los vinos mexicanos de la Baja California. Le contó que la tradición vinícola Mexicana databa del 1521, cuando Cortés ordeno plantar mil vides por cada cien nativos, y de cómo la tradición siguió perdurándose y extendiéndose a la sombra de los muros de las misiones. Le conto de un tal Fray Junípero Serra, un fraile nacido en Mallorca que en el siglo XVIII fundo varias misiones en la Alta California, Los Ángeles, San Francis, Sacramento y San Diego. Actualmente casi todo el viñedo se utiliza para elaborar brandy, además, la Baja California quedaba muy lejos del hotel en el que se encontraba. Allí lo más presente eran los embates de los vientos huracanados contra los ventanales del hotel.
Por supuesto que nada más llegar de viaje Leti lo mando a tomar vientos, que carácter la leti. Todo lo contrario que Paula. Mientras tomaba un camino de tierra blanca como la cal, Félix iba dejando cada vez más atrás el rumor de los esporádicos coches que pasaban por la carretera, y por delante, cada vez eran más claros los cantos de las perdices. Ya entrada la tarde, las rachas de vientos calientes y templadas le revolvían el pelo, ráfagas más frescas traían la humedad de alguna tormenta no muy lejana. De vez en cuando tenía que escupir los granos de tierra que el viento le traía hasta la boca o cubrirse la cara con el antebrazo para protegerse los ojos de la arena. Detrás de sí, se extendía una planicie de campos de olivos, cereales y vides. Delante, la silueta de un monte yermo, solo apto para matas de esparto, tomillo, y conejos. Por encima de un desnivel de poco más de cincuenta metros se extendía otra vez la llanura. Apenas algún olivo para resguardase del viento, y otra vez el terreno rotulado en parcelas de diferentes tamaños y colores; olivos, vides, cereales y hasta azafrán. Recordaba que desde el avión aquello se veía como un edredón confeccionado a base de retales.
La imagen del edredón le trajo el recuerdo cálido de Paula. Una niña encantadora, todo sosiego y dulzura contenido en un frasco menudo. Todo el mundo decía que eran tal para cual, dos personalidades tranquilas, pero él no terminaba de sentir el rescoldo necesario para corresponder a la calidez de Paula. Ella sabía que él estaba en otra parte, no sabía dónde, pero sabía que no estaba allí. El camino de tierra se adentraba entre dos lomas del monte que tenía por delante formando un pequeño cañón cada vez más cerrado, camino que terminaba en apenas un reguero que ascendía hasta llegar a una higuera. De vez en cuando algún conejo salía corriendo hacia su madriguera asustado por la presencia de Félix, los más jóvenes hacían una parada a medio camino para observar al intruso, mientras los más fogueados sabían que era mejor no parar. Pero para suerte de conejos y las perdices, hasta Octubre, para el Pilar, no comenzaría de nuevo la temporada de caza. Aunque a la nariz le llego el recuerdo del olor intenso de la pólvora, el tacto pegajoso de la sangre, el olor animal del pelo y de la pluma de las piezas de caza abatidas.


Una ráfaga de viento cálido le trajo a la cara otro olor más dulce y presente. El del zumo azucarado y pegajoso que rezuma de los higos maduros. Atravesó la higuera y después de una corta pero acentuada pendiente, Félix asomo otra vez la cabeza por encima del horizonte. Mientras una nueva ráfaga de viento le castigaba la cara, escucho un estruendo a su izquierda – plurrrrrrrrrrrrr … - . El reproducido por el potente aleteo de las más de veinticinco perdices, cuyas alas azotaban el aire volando en dirección al Sol ya en retirada. Hacía poco más de un par de meses que los perdigones, los pollos de perdiz de aquel bando, aún no eran capaces de levantar el vuelo más allá de un par de metros. De modo que los pequeños perdigones corrían a esconderse entre las matas para mimetizarse con el terreno, mientras, la madre salía volando y armando todo el ruido que le fuera posible, en el intento de llamar la atención del depredador sobre sí misma.

Félix giró la cabeza hacia su derecha y allí estaba su viñedo, apenas un par de hectáreas de uva Tempranillo. Aquel era el viñedo al que, en tiempos, había acompañado a su abuelo durante alguna que otra tarde. Tomo una gran bocanada de aire mientras una brisa suave secaba el sudor que había generado su cuerpo por el esfuerzo de subir la última pendiente. El viento, siempre presente, no tenía ningún obstáculo a la vista que detuviera su camino. Corría entre las vides secando las gotas de agua de rocío acumuladas en los frutos durante la madrugada, o precipitadas desde una nube después de una tormenta. El viento mantenía aquellas uvas secas y sanas.

El viñedo había cambiado desde la época de su abuelo. Félix se había encargado de cuidar primorosamente aquellas plantas. Incluso más desde hace unos años, cuando el viñedo empezó a estar gestionado directamente por la bodega. El mismo se había preocupado de montar la estructura de espalderas para que las vides se levantasen del suelo y así los racimos colgasen más saludablemente. Año tras año se había encargado de re injertar las cepas, del aclarado de hojas justo para buscar el equilibrio perfecto de cada planta, de retirar los racimos sobrantes, dejando los mejores frutos para que crecieran con fuerza, y por supuesto de las vendimias.
El equilibrio de cada planta, esa era su obsesión. El número y disposición justa de hojas, de modo que salvaguardasen los frutos de una exposición excesiva a los rayos del Sol pero permitiendo su maduración. En más de una ocasión, Pedro, el enólogo de la bodega, le había echado en cara que se demorase demasiado, - Estos no son bonsáis, Félix, dale vida – le decía Pedro. “Bonsáis, bonsáis, pues claro que no son bonsáis”, pensaba Félix. La comparación le parecía horrible, casi ofensiva. Había visto exposiciones de bonsáis en los grandes almacenes a los que le arrastraba Leti en tiempos, le parecían caricaturas. Sobre todo le parecían absurdos esos pequeños recipientes de barro o cerámica en los que los hacían crecer. Él visualizaba las raíces de la vid como lo más poderoso de la planta, como un taladro que incansable busca la humedad hasta lo más profundo de la tierra, desmenuzando toda roca que encuentra a su paso como si fuera la mano nudosa de un gigante. Qué tristeza para una vid no poder hacer valer su poder, constreñida por una ridícula vasija.
Pedro le pegaba de vez en cuando un tirón de orejas a Félix por su exceso de celo, pero se llevaba bien con él, de hecho, en cuestiones de campo Félix era sin duda la mano derecha del enólogo. Pedro había sido el mentor de Félix en muchos aspectos de la elaboración del vino, incluso lo acompañaba de vez en cuando en el laboratorio. De su abuelo Félix había aprendido cómo hacer las cosas, de Pedro había aprendido por que se hacían de esta u otra manera. Cada vez que a Félix se le escapaba, en voz alta delante de Pedro, alguna de sus reflexiones sobre el arte de la poda, solía producirse un silencio durante el cual, Pedro se quedaba mirando a Félix con el ceño fruncido. Pedro mostraba una expresión mezcla de intriga, sorpresa, y admiración. Intriga pensando si el chaval hablaba en serio, sorpresa por el conocimiento natural que mostraba, y admiración por la pasión con la que se expresaba. - La viña zen, el gurú de la vid -, decía Pedro bromeando irónicamente para romper el incómodo silencio.

Félix andaba entre las frondosas vides, observando los racimos ya maduros. A su alrededor escuchaba los revoloteos de toda una serie de pajarillos asustados por su presencia. Le encantaba percibir que el viñedo albergaba vida, coleccionaba fotos de los animalillos que encontraba, incluso alguna que otra vez, nidos de pájaros que anidaban en las propias vides. A mitad del viñedo localizo un racimo medio comido, seguramente picoteado por los pájaros o mordisqueado por alguna liebre. Saco el trinchete del bolsillo y sosteniendo las uvas con la mano izquierda utilizo la navaja de vendimia con la derecha para cortar el racimo por la base que le sujetaba al sarmiento. Un corte firme y templado, de abajo hacia arriba según colgaban las uvas. Recogió la navaja y se la guardo otra vez en el bolsillo para a continuación, sentarse en mitad del pasillo que formaban las hileras de vides. El terreno formaba una pequeña pendiente, de manera que orientando las piernas hacia abajo disfrutaba de cierta elevación sobre el horizonte que hacía más cómoda su posición. Se llevó a la boca una de las uvas del racimo que acababa de cortar sabiendo que estaría dulce, de hecho, sabiendo que los pájaros habían escogido ese racimo, por seguro que estaría especialmente dulce. “Que buena la Tempranillo, hasta de postre esta rica”, pensó para sí.

Tomó un par de bayas más del racimo y tiro el resto del raspón para que lo terminaran de aprovechar los pájaros y los insectos. Se recostó boca arriba, estirando los pies y dejando reposar la cabeza sobre la palma de su mano derecha para no llenarse el pelo de tierra. Ya de anochecida, pequeños murciélagos empezaban a revolotear por el cielo a la caza de los mosquitos que llegaban atraídos por los frutos maduros. En la boca aún tenía el regusto de los hollejos de las uvas que acababa de comerse. – Están en su punto -, pensó en voz alta, - Mañana la vendimia, un par de semanas y todo a la bodega -. Después tendría que pasar al menos un año antes de poder probar, en forma de vino, el fruto del trabajo que se había realizado en el campo y del que aún quedaba por realizar en la bodega. Saborear los minerales de la tierra que ahora tocaba con las manos, los tostados de las barricas o los taninos de los hollejos que aún notaba en la boca. Mientras tanto, se comenzaría de nuevo el ciclo de trabajo en el campo, una vendimia tras otra, una vendimia tras la siguiente. Con este último pensamiento se reincorporo sentándose sobre la tierra, un sudor frio le recorrió el cuerpo y se le hizo un nudo en la garganta.

Por primera vez en su vida pensó en su trabajo, que era su vida, en términos negativos, una monotonía sin fin, un ciclo sin emociones. La misma liturgia de pasear al atardecer por las viñas en vísperas de la vendimia, se había convertido en monotonía. Del registro reciente de su memoria surgió la imagen de Pedro, – Chaval, vete de aquí –, le decía el enólogo, – hay otros lugares, otra gente, otras formas de hacer y cosas que aprender -. En su momento Pedro le dijo que tenía amigos, que podía recomendarle para trabajar en otros sitios, incluso fuera de España, que era saludable salir y ver cosas nuevas. Entonces no lo contemplo en absoluto como una posibilidad, pero ahora, en este momento, se aparecía como una posibilidad real. “Félix, ¿Dónde vas?”, había escuchado al pasar por la plaza. Un buen tipo el Negro, pero un poco pesado, no tuvo ganas de pararse a hablar. -¿Dónde vas?-, se repitió para sí mismo en alto. – A ninguna parte Félix, a ninguna parte – se contesto. Aquí no tengo mucho más que aprender. Un nuevo escalofrío le recorrió el cuerpo, pudo ser por una brisa fresca que recorría la viña ahora casi de noche, o tal vez sería por la emoción de haber tomando una determinación que no sabía muy bien a donde le iba a llevar. Pero el nudo en su garganta había desaparecido y se sentía más ligero, nervioso pero ligero. Se levanto de un salto y se dirigió de vuelta al pueblo, esta vez guiado por la luna. Mientras regresaba, iba pensando que nunca hubiera imaginado llegar tan lejos al salir de casa esa tarde.

Al llegar a la plaza se acerco donde estaban sus amigos, las chicas también estaban allí, Paula estaba allí. Hacia unos meses que lo habían dejado pacíficamente, con cariño. Como siempre el Negro fue el primero en hablar – Hey! Félix, ¿qué haces?, ¿de dónde vienes?, ¿a dónde vas? -. Esta vez a Félix le alegro que alguien se lo preguntase. – Hola Negro, pues mañana me voy de vendimia -, respondió Félix con cierta ironía, porque todos sabían que al día siguiente empezaba la vendimia y de hecho casi todos los que estaban allí trabajarían en ella. El Negro puso cara de resignación, nadie le tomaba en serio. – Y después me marcho -, dijo Félix después de una pausa, saboreando las palabras como saboreaba sus vinos preferidos, reafirmándose en su intención. Al hacerlo público de aquella forma, ante sus amigos, le resultaría más difícil desdecirse, era como dejarlo firmado, un compromiso. - ¿cómo que te vas?, ¿a dónde te vas? – repregunto el Negro, con los ojillos brillantes. Algo nuevo que contar, debió pensar. - ¿Qué es eso Félix?, ¿Que es lo que dices?- pregunto Rafa con cara de preocupación. Parecía que Rafa no estaba siguiendo la conversación, pero había percibido en la voz de su amigo que esa última afirmación tenía un tono diferente, no era broma, lo decía en serio. –Que me voy Rafa-, continuo Félix, - Voy a aceptar la propuesta de Pedro, quien sabe, quizás el año que viene esté vendimiado en Francia, a lo mejor en Argentina o quién sabe, quizás en California, ¿Sabes que Hernán Cortes, el conquistador, sabes que fue Cortes el que mando plantar vides en California? -. – Que Cortes ni que Cortes, ¿que se te ha perdido a ti en California?-, cortó Rafa. Frente así Félix veía las caras de sorpresa de sus amigos junto con la de profunda preocupación de Rafa, que seguía esperando respuesta. A la derecha de la enorme silueta de Rafa percibió un movimiento suave, como el de una hoja cayendo de un árbol. Era la figura menuda de Paula. Se acercaba a él con una sonrisa tranquila, era la única que sonreía. Félix la miro a los ojos mientras, como un espejo, reproducía en su cara esa misma sonrisa en respuesta. Paula se abrazó a Félix, deslizo su brazo izquierdo por su espalda, apoyo su cabeza contra su pecho como si quisiera escuchar su respiración, y coloco delicadamente la palma de su mano libre sobre el corazón de Félix. Él en respuesta, la rodeo con su brazo derecho.- Quizás por ahí fuera encuentres un sitio donde tu corazón y tu cabeza estén en el mismo sitio, me alegro por ti-, dijo Paula casi en un susurro, mientras, con su mano, daba golpecitos sobre el pecho de Félix. En ese momento, ahora que había decidido irse, fue cuando se sitio más cerca de Paula. - ¡Ves como tu amigo esta tonto!- termino diciendo el Negro.